Mexico: Where My Memories Begin
México: Donde Comienzan Mis Recuerdos
In my last post, I shared the story of how my family left El Salvador—how fear, faith, and survival pushed us into the unknown. What came next was Mexico, the place where my earliest memories truly begin. It wasn’t home in the way El Salvador had been, but it became the backdrop of our rebuilding. It’s also where the emotional roots of my storytelling took hold—resilience, community, and the unexpected ways love finds us, especially through the animals who walk into our lives at exactly the right time.
En mi publicación anterior compartí la historia de cómo mi familia salió de El Salvador—cómo el miedo, la fe y la necesidad de sobrevivir nos empujaron hacia lo desconocido. Lo que vino después fue México, el lugar donde realmente comienzan mis primeros recuerdos. No era hogar como lo había sido El Salvador, pero se convirtió en el escenario donde empezamos a reconstruirnos. También fue el lugar donde nacieron las raíces emocionales de mis historias: la resiliencia, la comunidad y las formas inesperadas en que el amor nos encuentra, especialmente a través de los animales que llegan a nuestras vidas en el momento justo.

Mexico City—dense, loud, alive—was a world of its own. The air often felt thick with pollution, and the metro was always crowded. One day, as we were entering the train, a wave of people pushed against us. My mom’s grip slipped, and my sister was swept backward into the crowd. A kind stranger caught her and held her until my mom fought her way back out. Moments like that made navigating a city as big and chaotic as Mexico City feel daunting.
La Ciudad de México—densa, ruidosa, viva—era un mundo propio. El aire a veces se sentía espeso por la contaminación, y el metro siempre estaba lleno. Recuerdo un día en particular: mientras entrábamos al tren, una ola de gente nos empujó. La mano de mi mamá resbaló y mi hermana fue arrastrada hacia atrás entre la multitud. Un desconocido amable la sostuvo hasta que mi mamá logró abrirse paso de nuevo. Momentos como ese hacían que navegar una ciudad tan grande y caótica fuera abrumador.
My dad had arrived ahead of us and managed to find a small apartment for our family. It wasn’t much, but it was ours. And it was in that tiny apartment, in the middle of a city that felt overwhelming and unfamiliar, that we found Penny—a little pup who would become one of the brightest parts of our lives. Her adventures appear in my book, Penny’s Tail, but the truth is that her presence shaped far more than a story. She shaped us.
Mi papá había llegado antes que nosotras y logró encontrar un pequeño departamento para la familia. No era mucho, pero era nuestro. Y fue en ese espacio diminuto, en medio de una ciudad que se sentía inmensa y desconocida, donde encontramos a Penny—una cachorrita que se convertiría en una de las luces más brillantes de nuestras vidas. Sus aventuras aparecen en mi libro El Rabito de Penny, pero la verdad es que su presencia moldeó mucho más que una historia. Nos moldeó a nosotros.
Dad found himself building a church again—not the physical space, but the congregation. Serving others was his calling, and it was my mom’s too. We lived in Mexico for four or five years. My sister started school there, and we went to cultural events, including a class trip to a Mayan pyramid. I spent my days with my mom, and eventually with both Mom and Penny. Penny followed us everywhere, her tiny paws tapping against the tile floors, her tail a constant reminder that joy could exist even in uncertain times.
Papá volvió a hacer lo que sabía hacer: construir una iglesia. No solo el edificio, sino la congregación. Servir a otros era su llamado, y también el de mi mamá. Vivimos en México cuatro o cinco años. Mi hermana empezó la escuela allí, y asistimos a eventos culturales, incluyendo una excursión escolar a una pirámide maya. Yo pasaba mis días con mi mamá, y eventualmente con mi mamá y Penny. Penny nos seguía a todas partes, sus patitas resonando sobre el piso de mosaico, su cola moviéndose como un recordatorio constante de que aún existía alegría.
During those years, my parents helped many people—refugees like us, and locals who needed support. We fed the hungry, clothed the poor, and sometimes sheltered those who had nowhere else to go. Dad never knew who he might find in our home on any given day. And even with all that giving, there were times when there simply wasn’t enough. My parents often went without food so my sister and I could eat—and later, so Penny could too. She wasn’t “just a dog.” She was part of the family, part of the mission, part of the healing.
Durante esos años, mis padres ayudaron a muchas personas—refugiados como nosotros y también locales que necesitaban apoyo. Alimentábamos a los hambrientos, vestíamos a quienes no tenían ropa, y a veces dábamos refugio a quienes no tenían dónde dormir. Papá nunca sabía a quién encontraría en nuestra casa cada día. Y aun con tanta entrega, había momentos en los que simplemente no alcanzaba. Mis padres a menudo se quedaban sin comer para que mi hermana y yo pudiéramos hacerlo—y más adelante, para que Penny también comiera. Ella no era “solo una perrita”. Era parte de la familia, parte de la misión, parte de la sanación.
Slowly, we built a tight-knit community. People began helping each other in moments of real need. Neighbors and church members would share extra food with us, just as we did when we could. They say those with the least often give the most, and in our home that was true. To us girls, it was simply life. We had no idea the sacrifices our parents were making. Penny, in her own way, became part of that circle of giving—loved by everyone who crossed our threshold, a small source of comfort in a world still heavy with unspoken trauma.
Poco a poco, construimos una comunidad unida. La gente empezó a ayudarse mutuamente en momentos de verdadera necesidad. Vecinos y miembros de la iglesia compartían comida con nosotros, así como nosotros lo hacíamos cuando podíamos. Dicen que quienes menos tienen son quienes más dan, y en nuestro hogar eso era cierto. Para nosotras, era simplemente la vida. No teníamos idea de los sacrificios que nuestros padres hacían. Penny, a su manera, también formaba parte de ese círculo de generosidad—amada por todos los que cruzaban nuestra puerta, un pequeño consuelo en un mundo todavía cargado de traumas no dichos.
It’s no wonder, then, that an abandoned little pup found her way into our world. I wish we had pictures of Penny, but we were too poor to own a camera. Any photos we do have were gifts from friends. But I don’t need photographs to remember her. I remember the softness of her fur, the warmth of her body curled against mine, the way she leaned into my dad when he was overwhelmed—long before he ever received a diagnosis of depression in Canada. Penny understood something about us that we didn’t yet understand about ourselves.
No es de extrañar que una cachorrita abandonada haya encontrado su camino hacia nosotros. Ojalá tuviéramos fotos de Penny, pero éramos demasiado pobres para tener una cámara. Las pocas fotos que existen fueron regalos de amigos. Pero no necesito fotografías para recordarla. Recuerdo la suavidad de su pelaje, el calor de su cuerpo acurrucado junto a mí, la forma en que se apoyaba en mi papá cuando él estaba abrumado—mucho antes de que recibiera un diagnóstico de depresión en Canadá. Penny entendía algo de nosotros que nosotros mismos aún no entendíamos.

Despite everything my parents were carrying, they worked hard to give us a normal childhood. Mom went on school field trips. Dad, exhausted as he was, still took us to the playground or the park. We played soccer, swung on the swings, and had picnics. When Penny came along, she became part of all of it—running beside us, guarding us, loving us in the simple, wholehearted way only a dog can.
She was a lifeline for us—bringing comfort, stability, and a sense of safety that had been missing since we left El Salvador. She was my first experience with animal rescue and the deep, wordless bond that forms with a four‑legged being. I will never forget her.
A pesar de todo lo que mis padres cargaban, hicieron lo posible por darnos una infancia normal. Mi mamá iba a las excursiones escolares. Mi papá, aunque agotado, nos llevaba al parque o al área de juegos. Jugábamos fútbol, nos columpiábamos, hacíamos picnics. Y cuando Penny llegó, se convirtió en parte de todo eso—corriendo a nuestro lado, cuidándonos, amándonos de esa manera simple y total que solo un perro puede ofrecer. Ella fue un salvavidas para nosotros—trayendo consuelo, estabilidad y una sensación de seguridad que había desaparecido desde que dejamos El Salvador. Fue mi primera experiencia con el rescate animal y con ese vínculo profundo y silencioso que se forma con un ser de cuatro patas. Nunca la olvidaré.
Those years in Mexico shaped us in ways I didn’t understand until much later. They taught us how to create family wherever we landed, how to survive with little, and how to love fiercely even when life felt uncertain. Penny entered our lives during this time, and her presence became one of the brightest threads in an otherwise difficult tapestry.
Esos años en México nos moldearon de maneras que no entendí hasta mucho después. Nos enseñaron a crear familia dondequiera que estuviéramos, a sobrevivir con poco y a amar con fuerza incluso cuando la vida era incierta. Penny llegó a nuestras vidas en ese tiempo, y su presencia se convirtió en uno de los hilos más luminosos en un tapiz lleno de dificultades.
In the next part of this story, I’ll share the moment everything shifted again—the news that would send us across another border and force us to make one of the hardest decisions of our lives.
En la siguiente parte de esta historia compartiré el momento en que todo volvió a cambiar—la noticia que nos enviaría a cruzar otra frontera y nos obligaría a tomar una de las decisiones más difíciles de nuestras vidas.
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🐾 Pssst… los perritos me dijeron que te diera un premio.
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